Forbes: Michelangelo: Santa Cruz a la Italiana

Hace tres décadas una familia cambió la forma de comer de una ciudad. Entre Spaghetti y Spaghetti, ésta es su historia

Un aspirante a arquitecto, que por bendición de la buena vida y por capricho de la burocracia terminó en una cocina, una casona de 780 metros que luego de ser almacén y casa familiar se convirtió en restaurante son los protagonistas de esta historia sabrosísima que se cuece a fue lento y con los mejores ingredientes hace ya 32 años en la calle Chuquisaca esquina Manuel Ignacio Salvatierra número 502. Por aquellos tiempos los mariscos, la albahaca o los caracoles gratinados eran algo de otro planeta. Fue un 27 de agosto de 1987 cuando la casita azul y su comida Italo Continental Novo Boliviano irrumpieron en la tranquila Santa Cruz.

“Me ofrecieron ser el comandante en jefe y eso me animó a dejarlo todo en EEUU”

La bautizaron como Michelangelo y el éxito de sus pastas fue inmediato, aunque las críticas también estuvieron rondando el lugar, sobre todo entre aquellos que no entendían lo que sucedía entre tanto antipastos, minestrone, risotto, especias desconocidas, vinos, copas, buena atención aromas, ajo y tantas novedades.

Viéndolo moverse en su ambiente, hablar de vinos, de clientes, contando su historia y sacando a relucir todo el carisma de ese hombre que a los 20 fue mesero y después recorrió las cocinas de los más afamados restaurantes de Houston durante una década, resulta difícil pensar que Carlos Suárez Bello pudiese haber elegido otro oficio.

 

Pero él había planificado ser arquitecto cuando se instaló en Brasil junto a sus hermanos y a sus padres. El resto tiene que ver con el ir y venir de la vida… O algo de lo que el destino le había reservado. Una mudanza a Houston, EEUU, la incapacidad de algunos funcionarios para tramitar su traspaso universitario y comenzar a buscar cómo ganarse la vida, pasar el tiempo, aprender algo nuevo. “Comencé a trabajar en restaurantes. Pasaron como dos años. La vida de joven, ganando uno plata, sin tener que rendir cuentas y vivir tu vida te hace mirar las cosas diferentes, comencé a ver arquitectura con desprecio. Pasaron dos años y medio. Llegaron los papeles y yo había saltado a Renatas, otro restaurante, miraba con agrado la cocina.

 

Mis créditos no valían, tenían que comenzar la carrera nuevamente. Estaba rozándome con gente, con amigos, con clientes. Los gringos me querían, me pusieron en niveles altos”. Carlos estaba instalado, llevaba 10 años en Houston, había decidido echar raíces. Se casó con Sonia Villarroel, una estadounidense, de padres bolivianos. Trabajaba muy bien para una cadena de restaurantes, tenía una vida cómoda. Todo fluía. Entonces llegó otro giro a su vida. Sus hermanos, uno de ellos piloto y el otro arquitecto hicieron la propuesta: regresar a Santa Cruz y abrir su propio restaurante. “Me ofrecieron ser el comandante en jefe y eso me animó a dejarlo todo en EEUU”, dice con ese acento cruceño que los años afuera no borraron. Su esposa lo acompañó y su padre compró la casona que pertenecía a la familia Atalá y apenas la modificó, tratando de no tocar su estructura de adobe, que se mantiene hasta hoy y se puede ver si visita el sector de la Cava, para que su hijo pudiera vivir en el segundo piso. Y así los tres hermanos Suárez Bello comenzaron un negocio que cambió para siempre la historia del buen comer. “En los primeros años vimos reacciones bien inesperadas. Tenía una cuñada que sentía asco por los mariscos. O una hierba tan italiana como la albahaca aquí solo se conseguía en Semana Santa. Fue un tiempo para educar el paladar”, explica Suárez, que durante siete años no se separó de sus ollas sartenes y demás elementos de preparación en su cocina, mientras la casa iba cediendo los espacios de vivienda y aumentando las áreas para recibir a más amantes del Spaghetti Alle Carbonara, del Linguine alle Michelino, Linguine alla Pescatore o el Risotto ai Funghi. 

 

La ciudad no tenía alternativas gastronómicas de ese nivel y Micheangelo seguía creciendo. Carlos decidió comprarles el negocio a sus hermanos y la casa a su padre, mientras los platos salían de su cocina y la familia se ampliaba. Consiguió un crédito bancario y habilitó otros sectores de la casa mientras sus hijos Mario, Alan, Matias, Carlitos y Marco crecían acompañando la pasión familiar. Hoy Mario, el mayor de sus hijos, lo acompaña, se ha convertido en el administrador de la casa azul. Muchos cambios sustanciales en la sociedad han ocurrido gracias a sus gestiones.  Juntos tienen un nuevo emprendimiento: TutiCapa Pasta&Pizza.

 

El primer local está ubicado en Con Tenedores Norte y en dos meses abren el segundo en el Patio Design, la idea es acabar el 2019 con tres sucursales. “Michelangelo es nuestro proveedor de pastas y salsas así que tenemos un sello de calidad muy alto, y al ser un modelo de negocio mucho más liviano en cuanto a personal e inversión (locales chicos) nos permite tener un precio muy accesible para nuestros clientes”, explica. Carlos se ha convertido en una especie de asesor para su restaurante. Lo usual es verlo supervisando, conversando con sus clientes, haciendo sugerencias, eligiendo vinos y en todo lo que lo demanden. 

 

Alan es quien lo acompaña en esas visitas, mientras que Carlitos y Marco estudian gastronomía y Matias, ya formado como chef, trabaja en EEUU y Europa, donde se desempeñó en restaurantes como Coi (dos estrellas Michelin) en San Francisco, California y Arzak (Tres estrellas Michelin) en San Sebastián, España. ¿El plan? Llevar adelante la próxima revolución gastronómica de los Suárez muy pronto. Mientras tanto, Matías ya puso su sello en la carta:  Sorrentinos di trota. Están rellenos de trucha y ricota con toques de romero y salsa meunière. ¡Buon appetito!

Entrevista realizada por PAOLA JUSTINIANO para FORBES BOLIVIA.

Fuente: http://www.forbesbolivia.com/article/michelangelo.html